El siguiente ensayo es de Pedro Lamet, en la revista AVIVIR, que pertenece al Teléfono de la Esperanza, y fue recomendado a Hare Krishna Madrid por nuestro colaborador y queridísimo amigo Miguel Perozo.

En muchas ocasiones aceptamos como buena una actitud que en realidad es enfermiza: la negación de la propia personalidad en nuestra relación con los demás, o sea, la absoluta dependencia del otro.

¿Qué concepto del amor gravita detrás? No es posible vivir sin espejo porque yo estoy incompleto cuando nadie me devuelve amor. Parece lógico, pero oculta un concepto falso, la idea de que el amor “viene de fuera”. Y en realidad nada viene de fuera, ni la alegría, ni el dolor, ni siquiera los famosos “problemas de la vida”. Lo que fuera ocurre se limita a suscitar, despertar o motivar algo que llevamos dentro. Si no tuviéramos amor, felicidad y plenitud dentro, nunca los sentiríamos como tales.

Por tanto el proceso de madurez pasa por descubrir que yo soy amor en plenitud independientemente de que me lo devuelvan o no. Desde esta certeza vivenciada, las relaciones serán más sanas y maduras, porque yo no iré buscando en la otra persona ansiosamente ese pedazo que me falta y me angustiaré si no lo recibo, sino que acudiré a dar, porque ya soy todo amor. Y tal forma de relación no impide la reciprocidad, sino que la potencia.

Claro que en una sociedad comercializada de “toma y daca” esto no se entiende. Si no me das el placer, el cariño, el servicio, etc. que busco en ti, te desecho como un envase vacío. Y por eso los amores duran tan poco. Con esto no pretendo definir el amor como un absoluto sacrificio, pero sí como el encuentro de dos entregas, que lejos de “chuparse la sangre” y mirarse obsesivamente en busca de respuesta, ambos se esfuerzan en mirar en una misma dirección (Saint-Exupéry).

En un mundo de solitarios, como el nuestro, de gentes perdidas en el bosque de la tecnópolis, el único salvavidas es crecer por dentro.